
La misma sucesión temporal siguieron las rayas, los dibujos geométricos y los diseños que imitan cueros de animales salvajes (cebras, leopardos y serpientes) que hicieron su aparición a principios de 197980 como novedosa tendencia, se vieron multiplicados en todas las vidrieras en la temporada 1983, y fueron relanzados en 1985como un diseño clásico en géneros y accesorios. Si nos atenemos a esta cíclica serie (novedad furor revalorización) sabremos que, en la moda, para que un color, adorno o diseño llegue a ser clásico, necesita primero la consagración que da la difusión masiva. Algunas modas convertidas en clásicas por haber pasado la secuencia de seis años ya explicada, tardan en diluirse y luego desaparecen para volver a renacer veinte años más tarde. Estos ciclos que vuelven cada veinte años y son los más dilatados en el tiempo, incluyen siempre entre sus seguidoras a la generación siguiente. Quizás, una de las razones que gravitan con mayor peso en la vuelta periódica una generación más tarde, sea el inter juego de identificaciones que se producen entre madre e hija.
La misma necesidad de repetir esquemas y de lograr identificaciones se da en algunos diseñadores que han sufrido una fuerte influencia materna y que sienten un profundo placer en vestir a las mujeres con el mismo estilo que veían usar a sus madres en épocas tempranas de sus vidas. Una anécdota de Vanyna de War confirma esta hipótesis: “A fines de la década de los años 30, cuando todavía Christian Dior no era conocido, solíamos salir en bicicleta por los alrededores de París. Durante esos paseos que llegaban hasta 20 km de las afueras, Dior me contaba la fuerte impresión que le causaba recordar a su madre, una mujer muy linda y elegante, vestida con anchas faldas a media pierna, muy ceñidas en la cintura”. Si hacemos memoria, el new look de 1947, que dio fama a C. Dior en todo el mundo, reflejaba esas mismas características que lc habían quedado fijadas desde la infancia.
Entre los tres y los cuatro años de edad, las hijas mujeres atraviesan el llamado complejo de Edipo. Durante ese tiempo sienten como fantasía inconsciente, nunca a nivel consciente, que quieren ocupar el lugar de su madre, y tener lo que ella tiene. Así tratan de monopolizar la atención y el cariño del padre, siempre de manera inconsciente, y fijan su modo de vestirse. Con el tiempo, esta situación se resuelve, pero cuando alcanzan la edad de poder vestirse, sienten un intenso placer al repetir los esquemas de una antigua identificación con su madre, vistiéndose de la misma manera veinte años después. Podemos tomar el ejemplo del estilo “Imperio”. Como ya hemos visto, alrededor de 1800, durante la época del Consulado y el Imperio en Francia, se usan unos vestidos claros en forma de vaina, de cintura muy alta y escote generalmente rectangular, ceñido debajo del pecho por una cinta o cinturón estrecho de color más subido y contrastante.
Durante la Restauración, François Boucher nos dice: “En los salones aristocráticos, los vestidos blancos acortados muestran la parte inferior de la falda adornada con una guimalda de lis y las mangas trabajadas, pero la cintura sigue siendo alta y la forma rigurosamente recta”. Hacia 1845, si bien el estilo romántico impidió la vuelta del “Imperio” en su línea pura, este estilo estuvo representado en la profusión de los adornos de lencería. El 4 de septiembre de 1864, en La Mode Illustrée, Emmeline Raymond, cronista de modas, pronostica como consecuencia del fin de la moda de las crinolinas (que ya habían durado 7 años, dándole gracia y amplitud a las faldas), la vuelta al estilo Imperio: “Siniestros pronósticos se formulan para el fin de la moda de la crinolina; se afirma que su reino llega a su fin. ¿Qué hay que creer, temer o esperar? Yo lo ignoro todavía y no hago otra cosa que registrar los rumores inquietantes. Hélas, la crinolina pasará sin duda y la principal razón de su desaparición será justamente que ha vivido demasiado. Las mujeres que desean la ruina de la crinolina están imbuidas de hábitos parisienses, quieren el cambio, pero también saben muy bien que la crinolina es la última defensa que las protege de la invasión de las modas del año 1800. ¿Es que ellas desean verse prisioncras dentro de las horribles vainas que usaban en esas épocas en lugar de vestidos?”.
Matilde C. de González, cronista de modas de La Estación (periódico para señoras que se editaba en España), escribía el 16 de agosto de 1886: “La lencería vuelve a imponerse. Grandes chales de linón, lo cual es un retroceso hacia las modas del Directorio y los vestidos de muselina bordados de plumetí, tal cual se llevaba en el año 1825″. En el invierno de 1907 surge nuevamente la línea Imperio modernizada. En realidad, comenzó tímidamente a aparecer hacia 1905, cuando se vuelven a adoptar las cinturas altas y la línea recta inspirada en el primer Imperio, aunque como novedad se traba la parte inferior del vestido con una banda recta, “vestidos trabados” que apenas dejaban caminar. Es Paul Poiret quien impone nuevamente el estilo, valiéndose de la enorme difusión que tiene la publicación de sus diseños en la obra Las robes de Paul Poiret. Estos diseños terminados en octubre de 1908y dibujados en planchas sin texto por Paul Iribe, reflejan las ideas revolucionarias de Poiret sobre la moda y siguen una línea general de vestidos largos, derechos, con talle alto y mangas estrechas. Los adornos están reducidos al mínimo y la influencia de las modas del Directorio e Imperio con sus reminiscencias neoclásicas e inglesas es muy fuerte. Los peinados cortos evocan los peinados del período revolucionario y se distinguen por una vincha de género de color contrastante al del vestido.