La moda marcada por la historia y el desarrollo

Después del impacto de la inmigración masiva la llegada de los italianos de las clases bajas y su peculiar estilo influyen en la relación entre hombres y mujeres, que comienzan a sufrir una época de desconcierto por las contradicciones de la nueva sociedad. El desarrollo industrial descoloca a la mujer en su rol de madre y trabajadora; al desaparecer la familia como unidad de producción y reproducción y quedar las actividades económicas separadas del hogar, la mujer se dedica a trabajar en comercios, escuelas y fábricas. Sin embargo, la figura de la “madre” de familia se mantuvo y adquirió mayor énfasis, sobre todo hacia finales de siglo, cuando junto a la presencia de personajes contradictorios que vivían en una sociedad con profundos cambios aparece en contrapunto la mujer “hembra”, compañera de compadritos y nombrada en sainetes y tangos.

A pesar del desconcierto, inseguridad e intolerancia que muestra el hombre con respecto a la mujer, a partir de las oleadas de inmigrantes italianos y españoles que provocaron el desdibujamiento de la identidad y de la fuerza de la criolla, no declina la importancia del rol básico que cumple la mujer en la sociedad: las tradicionales matronas pasaron a ser las madres de familia. Apoyados por algunos testimonios de nuestra historia podemos llegar a decir con mayor propiedad que en general las mujeres fuertes, cómodas e inseguras manejan a hombres intolerantes y también inseguros, que les traban e incomodan a su vez el conocimiento personal y la consiguiente búsqueda de estilo.

El romper esta peculiar relación no pasa por la modificación de las actitudes del hombre; el cambio debe partir de la mujer al darse cuenta de que entre la necesidad de sentirse amada y la de ser independiente no existe una obligada contradicción. Si el hombre inseguro traba a la mujer es porque la mujer así lo desea, obteniendo por esa actitud ganancias sin demasiados esfuerzos, y porque sabe que la independencia significa perder mucha comodidad.

La ropa: un barómetro sensible a las transformaciones sociales

Habíamos dicho anteriormente que existe una relación casi proporcional entre las vestimentas femeninas y las masculinas y la condición social de la mujer. A mayor diferenciación, menor es la libertad para hacer elecciones vitales por parte de la mujer. Tanto durante la época romana como a lo largo de la Edad Media, hombres y mujeres se vestían en forma semejante. Durante la época romana se igualaban en la túnica, y sólo la forma de sujetarla marcaba la diferencia de sexo y de condición social. Los hombres ceñían su túnica más arriba que las mujeres, mientras que los romanos de baja condición la llevaban desatada.

Podemos decir que durante los mil primeros años de nuestra era los trajes perduraron en sus formas sin evolucionar. En la Edad Media la situación de no diferenciación entre hombres y mujeres se mantuvo; a tal punto que confeccionaban sus trajes con los mismos géneros y los preferidos eran los hilos alemanes y los algodones de las fábricas que los moros tenían en España. También coincidían en la forma de adomarse la cabeza, llegando incluso los hombres, para la guerra o torneos, a cambiar los cascos protectores o yelmos por coronas de flores o de metal; estas coronas, al ser semejantes a las diademas que usaban las mujeres, las intercambiaban por amor y fueron el tránsito a los grandes sombreros con piel y con plumas de pavo real.

Bien sabemos el lugar de importancia que ocupaba la mujer en la sociedad romana, y no resulta extraño la búsqueda de instrucción por parte de la mujer ante la desidia del hombre durante las épocas en que las diferencias entre hombres y mujeres en cuanto al aspecto eran mínimas. En Saint-Gall desde el siglo vi las niñas aprendían a leer y escribir. Más tarde Carlomagno dio el ejemplo al enseñar lo mismo a sus hijas. Alemania, a principios de la Edad Media, también se sentía orgullosa de sus mujeres, a tal punto que el primer compendio enciclopédico, el Hortus-Deliciarum, fue escrito por una mujer. Tiempo más tarde, con el florecimiento de la vida cortesana y caballeresca, los trajes se parecen tanto entre sí que a veces cuesta diferenciarlos; es justamente en esa época cuando la mujer es ensalzada por trovadores y poemas épicos hasta llegar a una especie de “divinización”. Nos quedan como ejemplo los cien admiradores de Guida de Rodes, mujer de gran belleza, quienes se cortaron “sus rizos” al rape en señal de honra hacia ella.

La “divinización” femenina más retórica que real, no corría pareja con el mejoramiento de su condición social, razón por la cual fue abandonándose lentamente la educación de la mujer, quedándole reservada únicamente la misión de procrear para los amenazados Estados. Es entonces cuando se puede situar el nacimiento de la moda (siglo xiv) y la desaparición del traje suelto común para ambos sexos.