La diferenciación entre la ropa femenina y masculina 

Actualmente, a partir de la gran diferenciación entre la ropa femenina y masculina del fin de siglo, que coincidía con una mujer que sentía la función de agradar como lo más importante, se va produciendo una tendencia paulatina de masculinización de la vestimenta de la mujer. Esta tendencia coincide con el rápido avance del mejoramiento en las condiciones sociales femeninas, que llevaron a una disminución de la brecha entre ambas formas de vestir. Si bien sabemos que los ciclos de la moda tienen mucho que ver, el lento avance hacia una mayor practicidad y comodidad de la ropa femenina nos indica que en la medida en que los roles femeninos y masculinos se están rediseñando continuamente, las diferencias de vestimenta están tendiendo a desaparecer. La mujer, definitivamente incorporada al mercado laboral al que le agrega el trabajo familiar, necesita ropa cómoda que responda a esas nuevas necesidades, de allí la tendencia paulatina a la masculinización de la ropa, más apta para trabajos múltiples.

En cuanto a la coincidente feminización de las vestimentas masculinas, si bien a lo largo de la historia siempre ha ocurrido en las etapas de declinación de las diferentes civilizaciones, me inclino a pensar que, independientemente de que ese proceso responda a una repetida realidad, hacia el fin del segundo milenio, frente al avance de la mujer los hombres, liberados de tener que mostrar su autoridad, están recuperando, valiéndose de la ropa, el antiguo y natural esplendor de su género. Los hombres primitivos siempre han mostrado una necesidad de adorno mayor que la mujer, en una previsible coincidencia con el mundo animal. En el reino animal es el macho el que tiene los vistosos plumajes y cornamentas, con el fin supuesto de atraer a las hembras de la especie que son las procreadoras. Podemos decir que hasta la época del absolutismo español del siglo xvi, los hombres se vistieron de manera más llamativa que las mujeres, destacándose ellas solamente en las cortes reales.

La necesidad de lujo y boato en los adornos y vestimentas masculinos había llegado en el Renacimiento a su máximo apogeo, como reacción a la moral y estética medieval. Desde las cortes y repúblicas italianas, entre 1450 y 1570 aproximadamente surgió una época brillante de la cultura, el arte y las letras y, como es natural, en el vestido, que exaltaba el culto de la belleza y transformaba la búsqueda de la belleza en el principal camino de la vida. En todos los países europeos se dio un verdadero lujo tanto en la ropa cortesana como en la burguesa. Hacia finales del siglo XV, la gran crisis financiera de los países europeos tuvo grandes consecuencias sociales. El gran prestigio español por el descubrimiento de América llevó la notable influencia del austero estilo español y flamenco a las modas masculinas, disminuyendo lentamente la influencia italiana.

El colorido del tejido español, de gran calidad, era oscuro. Los bufones de El Escorial, como señala F. Boucher: “No llevaban colores chillones”. El negro va extendiéndose e influyendo mucho en las modas femeninas, pero muy especialmente en las masculinas. Es una nueva tendencia de líneas sobrias que anuncia el fin de la vestimenta medieval hacia formas más modernas de vestirse. Hacia el comienzo del siglo XVII la predilección por los colores discretos continúa, sobre todo con el gran desarrollo marítimo de Inglaterra, que organiza la primera expedición a las Indias de Juan Lancaster, quien llevó, a su regreso a Inglaterra, algodón y sedas. Este hecho dio origen en 1600 a la fundación de la “Compañía de las Indias Orientales” que dio fin al monopolio portugués. Desde entonces el prestigio y el poder se asociaban con el negro y la sobriedad. La burguesía ascendente lo tomó como bandera para distinguirse de la nobleza.

Apoyados por la Reforma, que puede ser considerada como la expresión política del mundo burgués, se ridiculizaban el lujo y el boato de las cortes, propiciando en cambio el ahorro y la discreción como valores típicamente burgueses. Con el ascenso de la burguesía al poder y la influencia cada vez más notoria de protestantes y hugonotes se tomó como una forma de distinguirse de la monarquía el considerar los colores brillantes, las sedas, el terciopelo y los ornamentos cargados como propios de ella. Se impone el negro y comienzan la discreción y sobriedad en la ropa masculina. Richard Alewin dice: “Ya mucho tiempo antes de recluirse en el monasterio de Yuste, Carlos V vestía de negro (…) bajo el signo del incipiente barroco, el color de la muerte se abalanza sobre la indumentaria europea. Reina en tanto que España da la pauta en la moda. El reino del negro trasciende el mundo cortesano. Tal vez no se haya visto nunca que la burguesía aceptara con tanto gusto una sugerencia de moda y la conservara tan fielmente”.

Con la burguesía en el poder se comenzó a usar el color pálido del algodón que llegaba de las colonias y el de la lana para las mañanas y las tardes, reservando el negro para las noches. La moda sobria de los calvinistas y protestantes se convirtió en la moda masculina que regía, desde Inglaterra, al resto del mundo. Es entonces cuando el “Beau Brummel” (17781840) afirmaba, aunque no cumplía, que una persona elegante no debía destacarse, mientras en Francia Honoré de Balzac escribía su conocido axioma: “Todo ciudadano debe pasar inadvertido”. Inglaterra, con su óptima producción de lana, se apodera astutamente del mercado de la indumentaria masculina. Necesitaba para ello que el sinónimo de elegancia masculina fuera una moda discreta y sobria, pero por sobre todas las cosas que utilizara la lana y el algodón colonial, convirtiéndose en un faro de irradiación de la moda masculina hacia todo el mundo.