
Madeleine Vionnet se había instalado sola en 1912 (después de haber sido modelista de Jacques Doucet). Presentó a sus maniquíes descalzas y sin corsé, creando sus modelos con pliegues oblicuos (el principio del corte al bies) que daban una caída sorprendente y que a pesar del movimiento mantenían la línea del cuerpo, convirtiéndose desde 1918 a 1939 en uno de los nombres más influyentes en la alta costura mundial. En cuanto a Coco Chanel, Edmonde Charles Roux escribe en Coco Chanel. Una mujer fuera de serie: “Ninguna interferencia cultural o erudita, ninguna reminiscencia histórica del estilo que ella creó. Fue un inventor. Coco Chanel construye su nueva línea sobre tres detalles que habían quedado grabados en su memoria desde su infancia y que sirvieron, combinados, de base a los tailleurs que se mantuvieron vigentes durante 60 años: las corbatas de lazada floja y los cuellos volcados sobre la negrura de las túnicas de las alumnas del Liceo de Moulins. Esa moda del “sentido común” que ya anunciaba Chanel, junto a la falta de materiales durante la guerra, impulsa la campaña para desterrar las plumas de los sombreros femeninos, criticando las revistas de la época la “insaciable voracidad de la moda”. Chanel impone también las perlas falsas: “Me consta dice la cronista dela revista El Hogar que muchos collares que parecen legítimos son perfectas imitaciones”, para ensayar a continuación una justificación para aquellas mujeres que las prefieren: “¡Dicen los alemanes que las perlas traen lágrimas, pero, bueno, jellas resultarán tan falsas como las perlas!”.
Mientras en Europa, las nuevas necesidades provocan la simplificación de los diseños y estilos, la preocupación por el arreglo personal se va restringiendo poco a poco. Al principio las nuevas costumbres sirvieron como una adaptación a los tiempos de guerra que se vivían, sin embargo, lentamente se convirtieron en un cambio de mentalidad y de la manera de enfocar la vida. Ese cambio de mentalidad le permite a la mujer aceptar el acortamiento de las faldas, quitarse el corsé y cortarse el pelo, volviéndose sus formas netas y masculinas. Para demostrarnos una vez más la estrecha relación, inversamente proporcional, entre similitud de vestimentas masculinas y femeninas y la condición social de la mujer, escribe Marcel Hacdrich:“Coco Chanel trastornó las relaciones entre hombres y mujeres”; “su rasgo genial fue el aplicar a la moda femenina las formas masculinas inglesas, con un gusto que descartaba cualquier equívoco”.6 Sus chaquetas, camiseros, las corbatas flotantes, los gemelos en los puños, todo lo que tomaba de la vestimenta del hombre lo transformaba en absolutamente femenino.
La transformación de las condiciones en que se desarrollaba la vida de la mujer fueron tan grandes, que durante todos esos años se dio un incesante vaivén entre dos tipos de mujeres; las que no habían cambiado de mentalidad y todavía complicaban su forma de vestir y aquellas que la simplificaban Este cambio de mentalidad lo sentían especialmente las mujeres europeas como consecuencia de la guerra, llegando a Buenos Aires completamente atenuado. En nuestro país, que había recibido a las costureras y artesanos franceses, se vivía un clima festivo en las carreras, restaurantes y teatros. Ese clima festivo era fielmente retratado y difundido por la revista El Hogar que había salido en 1904 llegando después de la guerra a tener una tirada de 85.000 ejemplares. A través de este medio de prensa, que era exclusivamente de entretenimientos, nos enteramos de que para la moda convivían dos tendencias: los draperies (vestidos drapeados con la parte superior generalmente de tul, con faldas de volados) y las túnicas (algunas de tul armonizando con el fondo) que se usaban sobre una funda recta apenas fruncida en el talle; era usual que estas túnicas estuvieran bordadas en cristal, plata y perlas, con bordes de piel o plumas en sus ruedos. En los trajes claros, un borde de armiño, en los oscuros, uno de “skungs”, las mangas eran cortas o ausentes y los escotes, tanto redondos como cuadrados o en pico.
Entre 1914 y 1918 se usaban en Buenos Aires túnicas para el día y la tarde, sobre los trajes sastres, confeccionadas en lanilla, sarga, terciopelo de lana o cheviot escocés, y para la noche: de terciopelo, tafetán, tul, gasa, encaje y duvetina (terciopelo de lana y seda). Estos trajes superpuestos (ya que las túnicas de lanilla cubrían los faldones de la chaqueta) eran una de las singularidades de la moda en Buenos Aires durante estos años y, según los comentarios de las revistas: nadie se explica cómo han tenido tanto éxito”. El color de moda, en tanto, era el malva, que se usaba mezclado con rosa para indicar que no se llevaba por luto. Los peinados descubrían la frente y la nuca con una ondulación suave y un alto chignon adornado con peinetas y horquillas. Para la noche podía completarse con una aigrette moderada; ya se habían dejado los pesados turbantes. Los sombreros, en cambio, seguían siendo muy grandes pero sus formas ya no eran disparatadas sino simples.
Hacia 1916 ya se indicaba en Buenos Aires que “para ser elegante era preciso ir al campo todos los días de fiesta, aunque el tiempo desapacible da molestias” y ya se comenzaba a usar la vestimenta especial para cada deporte. Una innovación de la época fue la “sportjacket o zamarreta”, que se usaba indistintamente para jugar al golf, campo, caza, gimnasia y tenis, y consistía en una chaqueta de tejido de lana, de textura esponjosa y suave, cerrada con tres botones y cinturón. Con esta prenda y una boina haciendo juego, las mujeres jugaban al tenis en invierno, completando el conjunto con largas faldas portafolio de gros. Las mismas faldas se acompañaban en verano con blusas y sombreros de paja encintados. En el club Lawn Tennis los hombres jugaban con pantalones largos blancos y sacos con gruesas rayas azules o coloradas. El traje de sport habitual estaba integrado por estos sacos en franela inglesa o jersey de lana blancos, de gruesas rayas con los colores de cada club, el cuello era marinero y las botamangas de paño blanco, con botones de nácar y forro de pongé de seda; para remar se acompañaban con pantalones de brin blancos, y para regatas, en cambio, debían ser de franela. Los hombres usaban las corbatas y los botones insignia con los distintivos del club al que pertenecían.