Época del Centenario

Tanto el presidente Figueroa Alcorta como Victorino de la Plaza, tenían dos banquetes diarios, fiestas populares y desfiles vistosos, pudiéndose escuchar el Himno Nacional por todas partes. A los festejos también se había sumado Ramón del Valle Inclán, llegado a fines de abril. Esa semana de festejos tan especial y diferente, había comenzado en la madrugada del 19 de mayo, cuando la población asomada a balcones y terrazas se asombró por el cometa Halley. Se realizó también una caminata de unas 100.000 personas, que se desplazaron desde la Plaza San Martín hasta la Plaza Victoria, agitando banderas bajo una lluvia de flores. Entre ellos se destacó una oradora porteña, Eufrasia Cabran, que vestida de celeste y blanco entusiasmaba con sus inflamados discursos a la población que la ovacionaba. El recientemente inaugurado Teatro Colón fue escenario no solamente de la velada de gala del día 25 de mayo, donde los cantantes italianos Anselmi y Titta Ruffo interpretaron Rigoletto, sino también dos días más tarde de un espléndido gran baile de honor comentado en todos los diarios de la época: “El teatro por fuera arrojando, como esos palacios encantados de Perrault, un torrente de resplandores, por dentro la fascinación de los colores y las luces. Los caballeros servían de fondo a la gracia femenina realzada por ‘toilettes’ cuyas firmas pertenecían a la nobleza del arte y la industria parisina en la materia, collares por cientos, atgrettes deslumbradoras, cintillos, rivières y todas las pedrerías de un cuento oriental. El espectáculo hacía soñar.”

Para agasajar a los extranjeros se habían cursado más de 2.500invitaciones, lo que nos da una idea de la magnitud del baile. La Infanta Isabel acompañada por la duquesa de Nájera, vestía un riquísimo traje de seda gris “liberty” recamado en oro. Enormes perlas se anudaban en cinco grandes filas alrededor de su garganta y una diadema de soberbios brillantes completaban su parure, la duquesa llevaba en cambio un traje de encaje chantilly negro sobre viso de seda blanco. A su llegada, fue conducida del brazo por el señor Güiraldes al salón principal. En El Diario del 28 de mayo de 1910 podemos leer: “Toda la balaustrada del vestíbulo ha sido orlada por una guía de claveles, orquídeas y helechos. Los laterales del vestíbulo, recubiertos de un tapiz salmón, han sido destinados para ‘ambigú’, colocándose 100mesas pequeñas a cada lado para servir la cena, además de dos amplias tablas recubiertas de rica mantelería para servir los refrescos. La servidumbre no vestía de librea sino simplemente de frac. En ambos buffets dos sextetos de cuerdas ejercitaban escogidas piezas. Detrás de la escalinata de honor, parte de la platea ha sido transformada en jardín de invierno con 200 plantas iluminadas con racimos de luz. 

Allí mismo se sirvió la cena a los embajadores ocupando los lugares de honor doña Isabel y el presidente Montt. El fumoir, a la izquierda de la planta baja, se ha dispuesto con amplios divanes de terciopelo rojo y butacas de estilo para la conversación, sobre bandejas de plata repujadas se ven las cajas de puros y de melacrinos y en mesas especiales los encendedores eléctricos. En la toilette 12 oficialas de una importante casa de modas prestaban sus servicios a las señoras quienes también disponían de amplios tocadores con infinidad de perfumes”. Si recordamos mientras tanto, que en Europa las mujeres comenzaban a disfrutar de un nuevo espíritu de libertad con el aflojamiento de sus corsés, no nos tiene que extrañar la aparición de las túnicas en 1911 y las primeras faldas pantalón presentadas por las maniquís de Margaine Lacroix en el Bois de Boulogne. Estos pantalones sobre faldas muy estrechas, no tuvieron en esos años el éxito que van a tener en su relanzamiento en 1925, cuando triunfan plenamente; sin embargo, Paquin se inspira en ellos para lanzar la moda “trabada”. La moda “trabada” debía su nombre a una guarda que a la altura de las rodillas retenía el vuelo de la falda impidiendo el paso normal. Esta moda impulsó su acortamiento para poder caminar, hecho que coincide con el estallido de la Primera Guerra Mundial.

En Buenos Aires, si bien la moda “trabada” y las túnicas se llevaron muchísimo, el traje sastre para el día, acompañado por grandes y exagerados sombreros, se convierte en el traje de calle más característico de la época. Si nos guiamos por una nota que publicó el diario La Nación en su número extraordinario del año 1910, sabremos que esos trajes sastres o “vestidos tailleur” se compraban preferentemente y en grandes cantidades en la tienda “El Siglo”, que abrió sus puertas en Rivadavia y Piedras en el año 1904 y que también vendía, como vimos, ropa masculina. El diario dice: “Eltailleur de El Siglo es, entonces, de una especialidad que debe estar realmente patentado, a juzgar por el movimiento que presenta en esta sección”.

El importante desarrollo tecnológico que sirvió de base a la consolidación de la industria textil hacia fines de siglo, unido a las nuevas transformaciones sociales que se daban, empujaban a la moda masculina y femenina a la simplificación de las formas, permitiendo la uniformidad, aunque la diversificación de géneros y diseños fuera grande. El aumento continuo de la producción industrial traía como consecuencia directa un aumento en la productividad. Esta idea nueva y pujante era impulsada por la modernidad, cuyo desarrollo se extiende desde la finalización de la revolución industrial hasta el término de la Segunda Guerra Mundial y era también requisito del progreso que llevaría al mayor bienestar.