El espléndido templo de la moda 

Durante la misma época se fundó, en 1889, “A la Ciudad de México”, llamada por los diarios de entonces “el espléndido templo de la moda”. Esta tienda de novedades que estaba en la esquina de Florida y Cuyo tuvo al principio su especialidad en géneros para vestidos, extendiéndose más tarde hasta cubrir todos los accesorios de la moda. Uno de sus privilegios era vender los famosos corsés C.P. à la Sirène de París, confeccionados de acuerdo a las más “modernas normas de higiene”. Importante fue entre las casas de modas que hicieron historia, la fundada por Madame Carrau en Florida 61, que con gran orgullo aclaraba que en sus talleres nunca se hicieron otros vestidos que sobre modelos “genuinamente franceses”, colocando de esta manera a su maison a la altura de las mejores casas europeas contemporáneas: Callit, Sosurs, Doenillet, Chernuit, Worth, Doucet y Paquin. El sistema era el siguiente: los grandes modistos mandaban de París sus producciones a Adela Renard, directora de Carrau, que con sus telas recreaba los modelos y los imponía en Buenos Aires, logrando, como señala el número extraordinario de La Nación de 1910: “que nuestras elegantes no envidien las casas de la rue de la Paix”.

No solamente cobraban impulso las casas de modas; lo mismo ocurría con los accesorios importantes como la casa Válido de zapatería en Victoria (entre Perú y Bolívar), con grandes talleres de corte y grandes depósitos de hormas en sus sótanos. Hasta ese entonces había habido zapateros artesanos. Desde la época colonial (cuando los zapatos duraban sólo tres meses, por el estado de las calles) los zapatos se importaban de Francia, Suiza, Inglaterra y Estados Unidos. Eran muy variados, de altos tacones Luis XV, escarpines de baile forrados de brocatos floreados con importantes hebillas de strass O botas tobilleras. En 1895, los hermanos Alberto, Luis y Enrique Grimoldi se asociaron a Grisetti para instalar una zapatería. Cuatro años más tarde inauguraban la firma Grimoldi Hnos. en Bartolomé Mitre y Ombú (Pasteur); con el tiempo se mudaron a Rivadavia 2846 donde continúan hasta nuestros días. Hacia 1910, la tienda San Juan publicita unos zapatos charolados de alta capellada y con gran moño de gros al costado, que llama “Centenario”. La revista El Hogar de septiembre de 1914 dice: “Y vean señoras las curiosas inconsecuencias de la moda, este calzado ‘a barettes’ o descotado por decirle así que ya por sí mismo no es muy caluroso, se lleva sobre medias muy delgadas, suficientes para hacer temblar de… frío; de tal manera que, para remediar los malos efectos de esta imprudencia, las elegantes de París llevan bajo las medias transparentes, otras tenues también de color carne. La superposición es harto protectora contra el frío.” 

En cuanto a los sombreros, accesorio imprescindible junto al infaltable bastón, hasta 1914 sigue considerándose como el máximo de elegancia el sombrero de copa. El “bombín” o sombrero “hongo” se usaba habitualmente, pero no en las ceremonias, lo mismo que los sombreros de fieltro blando. En verano, se llevaban los sombreros de paja blanda llamados “de Panamá”. Por supuesto las costumbres regulaban estrictamente el uso de cada accesorio para cada ocasión. Las costumbres también reglamentaban el tipo de vestimenta que debían llevar para el aire libre. La cantidad de deportes que comenzaban a desarrollarse, influencia netamente británica, introdujo el uso de las prendas para el deporte después de 1870. Estas prendas deportivas que se generalizaron hacia comienzos del siglo y en especial con el invento de la bicicleta, se acompañaban con gorras que ya habían sido adoptadas por las clases trabajadoras a mediados del siglo XIX.

En el año 1910 tuvo lugar una especial oportunidad para que los argentinos se demostraran a sí mismos y al resto del mundo el grado de refinamiento que habían alcanzado sus costumbres: fue la impecable organización de las ceremonias y festejos que se hicieron para conmemorar el Centenario de la Revolución de Mayo. Estas fiestas que se realizaron bajo la amenaza de la agitación obrera, de tal modo que el gobierno declaró el estado de sitio y una ley de Defensa Social (norma represiva complementaria de la Ley de Residencia), tuvieron sin embargo un brillo hasta entonces desconocido en el país, realzado con la presencia de la Infanta Isabel de Borbón y las numerosas delegaciones extranjeras. La princesa española, hermana del rey Alfonso XIII, llegó al país rodeada, como podemos leer en una crónica de la revista El Hogar por: “Torres Quevedo, la sabiduría, J. Pérez Cavallero la diplomacia, Eugenio Sellé el academicismo, el coronel Cavalcanti el ejército, héroe de Tardiff luciendo el uniforme de Húsares de Pavía que había de conmover a las damas cincuentonas, y la duquesa de Nájera la nobleza”. Desembarcó la Infanta en Buenos Aires luciendo un traje de terciopelo negro, sombrero adornado con plumas amazona, guantes blancos y estola de piel, sin más adorno que un pendantif de brillantes, convirtiéndose junto al presidente chileno Montt en el centro de todos los festejos enmarcados por miles de bombitas eléctricas en todos los edificios públicos, plazas y avenidas.