
En la década de 1960, la alta costura todavía controlaba las tendencias del mundo de la moda, pero la era de la sociedad de consumo se estaba acercando con rapidez. La ropa de confección ya existía desde finales del siglo XIX, pero se consideraba de poco valor y no estaba muy bien hecha. En el siglo XX, con el avance de la cultura de masas y las fibras artificiales, el prét-à-porter se ganó un respeto y contribuyó a popularizar la moda. Este tipo de colecciones se han venido celebrando en Milán y Nueva York desde mediados de los setenta, y Londres, Tokio y otras ciudades no tardaron en apuntarse a la tendencia. El sistema de moda establecido por Charles Frederick Worth a finales del siglo XIX, cuyo centro era París, sigue jugando un papel crucial hoy en día. Diseñadores como Sonia Rykiel y Emmanuelle Khanh presentaron una indumentaria prêt-à-porter que era elegante y al mismo tiempo adecuada para la vida cotidiana. Otro influyente diseñador, Kenzo Takada, hizo su debut en París en 1970. Sus creaciones, realizadas con tejidos comunes para kimonos, aparecieron en la portada de Elle. Pronto se convirtió en defensor del prêt-à-porter y representó un aspecto contracultural de la era al centrarse en diseños cotidianos y distendidos y utilizando materiales japoneses de formas inusuales.
En los años setenta, como movimiento contrario a la moda futurista de los sesenta, las tendencias volvieron a un aspecto natural siguiendo la misma línea de los diseños de Takada. La moda hippie y folk, incluyendo el pantalón vaquero, prosperó. Los vaqueros, en particular, se convirtieron en símbolo de la prosperidad americana, de las estrellas de Hollywood y de la juventud rebelde. Espoleada por la guerra de Vietnam a finales de los sesenta, la gente empezó a rechazar el establishment. Los hippies no aceptaban la sociedad ni la moral tradicionales, y dirigieron la mirada hacia culturas y religiones extranjeras para encontrar inspiración e iluminación. Hombres y mujeres hippies llevaban el cabello largo, confeccionaban a mano su propia moda folk y preferían vestir desgastados pantalones vaqueros. Los jóvenes de todo el mundo siguieron sus pasos y desde manifestantes universitarios hasta cantantes de folk, con sus canciones protesta, todos vestían vaqueros y camiseta. Los diseñadores de París no se quedaron al margen de esta nueva tendencia y presentaron ropa folklórica y vaqueros rotos como artículos de moda. Con una popularidad sin precedentes, los vaqueros se confirmaron como uno de los ejemplos de ropa capaz de atravesar todo tipo de fronteras generacionales, de género, clase y nación. En los años setenta, además del estilo naturalista de los hippies, las modas callejeras añadieron elementos esenciales a la imagen de la década. Las tendencias de la minifalda y los pantalones cortos también surgieron de la cultura urbana. La jerarquía del mundo de la moda, que colocaba la alta costura en la cúspide de la pirámide, empezaba a tambalearse.
El estilo “Power Dressing”
Hacia los años ochenta el mundo había alcanzado cierta estabilidad política y económica. Como consecuencia, la moda regresó a una imagen conservadora. En 1979, Margaret Thatcher fue elegida primer ministro del Reino Unido y la igualdad de sexos como objetivo moral fue ganando atención internaciona1. Las mujeres, de repente activas en el mundo de los negocios profesionales e interesadas en mantener sus cuerpos físicamente a punto, vestían con un estilo que dio en llamarse “Power Dressing” (“vestuario con poder”), que de forma simultánea presentaba una imagen de clara autoridad y una femineidad con un pequeño toque sexual. Esta tendencia comprendía tanto elementos conservadores como el regreso a una moda “consciente del cuerpo” que recordaba la de los sesenta. Azzedine Alaïa lideró este estilo de los ochenta utilizando materiales elásticos de vanguardia. Las casas parisinas tradicionales como Chanel y Hermès volvieron a ganar una posición privilegiada en el mundo de la moda satisfaciendo las necesidades más conservadoras de la época. Hacia los años setenta, la industria del prêt-à-porter arraigó en varios países. Milán, el centro de la moda italiana, se distinguió por anticiparse a las tendencias mediante una concienzuda investigación de mercado. Giorgio Armani diseñó ropa para hombres y mujeres ejecutivos, y produjo sofisticados trajes sastre sin entretelas ni forro, y Gianni Versace atrajo la atención internacional hacia la moda italiana en la década de los ochenta con su lujosa y al mismo tiempo práctica “Indumentaria Real”. Ambos diseñadores consagraron prestigiosas marcas de la moda italiana.
Comparada con la indumentaria del siglo XIX, que en general tendía a ser voluminosa y ornamental, la del siglo xx pareció haberse quedado con lo imprescindible y “situarse” mucho más cerca del cuerpo. Así, por ejemplo, en el estilo “consciente del cuerpo” de los ochenta, prendas que anteriormente hubieran sido consideradas de uso interior empezaron a llevarse como prendas exteriores. Los diseñadores vanguardistas como Jean-Paul Gaultier, de la nueva ola parisina o la británica Vivienne Westwood, transformaron la lencería tradicional, como el corsé y las ligas, en modernas prendas exteriores que intentaban expresar el dinamismo del cuerpo humano. La adopción de indumentaria tradicional como concepto que se invierte y se presenta como una creación moderna se puede describir como un enfoque posmoderno. Las tendencias de este estilo continuaron hasta bien avanzados los años noventa.