
La expresión «alta costura», traducción del francés haute couture, es mucho más que la suma de dos palabras; representa el exclusivo negocio de diseñar, realizar y vender prendas para mujer hechas a mano y a medida. El prestigio de este tipo de ropa explica que tenga los precios más elevados de la industria de la moda, lo que la sitúa en la gama más alta del mercado.
En 1968 el «padre de la alta costura», Charles Frederick Worth, fundó la Chambre Syndicale de la Couture Parisienne. Los objetivos de esta asociación sindical eran asegurar, regular y mantener altos estándares de calidad y conservar la exclusividad de los diseños para evitar que se copiaran. En 1945 se aprobaron nuevas normativas con el fin de preservar la elitista calidad de la alta costura, y en 1992 se actualizaron. A continuación, se indican algunas: Diseños a medida. Los diseños se realizarán bajo pedido de clientes privados y se probarán como mínimo una vez.
Ateliers. La casa debe tener un atelier (‘taller’) en París, donde trabajarán al menos veinte personas a jornada completa.
Temporadas y colecciones. Cada temporada primavera/verano y otoño/invierno les decir, dos veces al año) la casa presentará una colección ante la prensa de París, con como mínimo cincuenta prendas para uso diario y de tarde-noche.
Si no observan las estrictas normas, los miembros de la Chambre Syndicale se enfrentan a medidas disciplinarias o, lo que es peor, a la expulsión. Las casas de costura que deseen afiliarse deben cumplir las disposiciones antes de presentar su solicitud de ingreso. Una casa no obtiene el estatus de «alta costura» ni puede utilizar el término en el etiquetado hasta que la junta directiva haya aprobado la petición.
En 1946 la Chambre contaba con ciento seis socios. En 1952 el número se había reducido a sesenta debido sobre todo al período de posguerra. La economía mundial se estaba recuperando y los patrones de la alta costura, antaño tan exclusivos, ahora escaseaban y estaban dispersos. En 1960 la moda londinense y los swinging sixties (‘alegres sesenta’) desbancaron a la alta costura parisina. En aquella época de rebelión juvenil y liberación sexual, la imagen sofisticada y exclusiva de la alta costura resultaba inalcanzable.
El boom económico, el lujo y la ostentación de los ochenta brindaron a París la oportunidad de recuperar parte del terreno perdido. En ese mismo periodo entraron en escena grupos multinacionales, como LVMH, que compraron algunas de las casas de costura veteranas, entre ellas Christian Dior. La ropa pasó a un segundo plano; los perfumes, los cosméticos y los accesorios tomaron el relevo como motores del nuevo negocio, y hoy lo siguen siendo. En 2009 sólo quedaban en París once grandes casas de alta costura. A pesar de que firmas como Giorgio Armani, Valentino y Elie Saab siguen diseñando, están consideradas parte de la segunda línea de los afiliados a la Chambre Syndicale: los nombres correspondientes. Se trata de miembros extranjeros que cumplen todos los requisitos, excepto tener el taller en París, ya que lo tienen en su país de origen. Aparte de estos miembros también están los nombres invités, que no forman parte de la Chambre, pero han sido invitados por votación de su comité de dirección, entre los que destacan diseñadores como Boudicca y Alexis Mabille.
Si consiguen cumplir los rigurosos requisitos fijados por la organización, con el tiempo podrán entrar a formar parte del grupo de élite que compone la alta costura. La relevancia de la alta costura en una sociedad tan cambiante como la nuestra es discutible. La industria cuenta con una selecta clientela fija de dos mil personas aproximadamente, que en su mayoría proceden de China, Oriente Medio y Rusia. ¿Pero jes un núcleo suficiente como para sostener un negocio que vive de la tradición y el patrimonio, por no hablar de sus precios prohibitivos? La alta costura ha perdido la preponderancia que tenía a manos del prêt-à-porter, y/parece improbable que vaya a recuperarla. Pero, por otro lado, se ha transformado en una máquina de creación y publicidad de marca tremendamente útil para las líneas de prêt-à-porter, cosméticos y accesorios, asociadas a las casas de alta costura. Por lo tanto, sigue ocupando un lugar privilegiado para evocar una espectacular fantasía en sus diseños y en la forma de presentarlos.
Directoras de moda
No se puede obviar el poder de las revistas especializadas. Siguen desempeñando un papel fundamental a la hora de destacar o lanzar un fenómeno relacionado con la moda. Si bien las directoras no son el origen principal de una tendencia, la cobertura que le den y la opinión que publiquen serán clave en el público general, que es quien busca las tendencias. Carmel Snow, legendaria directora de la edición estadounidense de Harper’s Bazaar,bautizó la colección de Christian Dior de 1947como 《New Look» y le dedicó una amplia cobertura. El espaldarazo no sólo elevó el estatus de Dior como diseñador, sino que además dio publicidad a la imagen y la silueta que proponía, que después otros emularon. De Anna Wintour, directora de Vogue en Estados Unidos, se dice que presagió la relación entre moda y celebrities a principios de los noventa. De hecho, muchas portadas las ocupan personajes célebres, lo que crea y refuerza una tendencia que todavía perdura a día de hoy.