Primera Plana. 

La tapa de uno de los números del año 1966 muestra un grupo de artistas pop, rodeado de un semicírculo con la palabra que los definía. Entre los más conocidos podemos nombrar a Delia Cancela y Pablo Mesejeán, Dalila Puzzovio y Carlos Squirru, Edgardo Giménez, Alfredo Rodríguez Arias, Susana Salgado y Juan Stoppani. Este grupo, como muchos otros artistas desde las diferentes disciplinas, puso en vigencia el “arte popular” en la Argentina, rompiendo con la solemnidad de la estética dominante. Grandes creadores de la alta costura como Jacques Dorian y Vanyna de War también se plegaron a la propuesta pop que invadió Buenos Aires. Uno de los ingredientes fundamentales a estas propuestas fue el humor, cuya abrumadora presencia se hacía sentir en todas sus manifestaciones, especialmente en los bappenings o reuniones para presentar las distintas producciones artísticas, reino indiscutible de Alberto Greco, en los primeros años de la década del 60, y de Marta Minujín. 

Reinaba también una fragmentación cultural en la cantidad de centros de experimentación de las distintas disciplinas, centros que contaban con su cuota de poder y sin embargo estaban integrados a una experiencia común compartida. Esta sacralización del cambio continuo, producido en corto tiempo (siete años) en que el Di Tella irradió su influencia tutelar, pone un acento especial en lo efímero de la posmodernidad. Hacia principios de los años 70, las actividades del Di Tella comenzaron a languidecer. Grupos de jóvenes que proclamaban filiaciones y compromisos bien definidos insinuaban el clima que se viviría en la década que comenzaba. Las necesidades y urgencias de la sociedad en general y de un sector en particular se imponían dejando sin base de sustentación a las vanguardias artísticas que se diluyeron sin volver a reaparecer.

El cono de influencia de las propuestas vanguardistas se extendía además a “la manzana loca”, que abarcaba la calle Viamonte, donde se encontraba la Facultad de Filosofía y Letras, rodeada de cafés repletos de estudiantes e intelectuales, como el Florida, el Moderno, y el querido y recordado Cotto, donde alumnas del Instituto de Sociología, ubicado en Florida al 500, vestidas de negro con angostas faldas largas y poleras de cuello alto que recordaban a Juliette Greco, reflejaban con la pregunta “isos cottense?” la necesidad de delinear su identidad social. Conocidas librerías, galerías de arte, algunas casas de prêt-à-porter femenino como la boutique DeDé que había captado el estallido de creatividad en la moda, y la mítica Galería del Este, donde en 1968 Rosita Baylon abre su negocio Madame FrouFrou, completaban el circuito.

Completamente desligada de las propuestas europeas, Rosita Baylon creaba su propia moda y en una plaza como Buenos Aires llegó a imponer su estilo romántico, que se caracterizaba por los volados y cortes al bies e impactaba por la audacia de los escotes, colores y materiales empleados, como el satén brillante. La moda masculina también se hizo eco de la necesidad de cambios y algunas tradicionales sastrerías como Modart renovaron totalmente su estilo para adaptarlo a las nuevas circunstancias. Al mismo tiempo que el proyecto del Di Tella, acusado por ciertos grupos de extranjerizante, comenzaba a desdibujarse, surge en el país un movimiento muy vasto (que abarcaba a todos los sectores de la sociedad) de búsqueda de identidad nacional y de vuelta a los valores tradicionales de nuestra cultura, que habían sido relegados durante el frenesí de la mayor parte de los años 60. La moda acompaña esta realineación en la jerarquía de los valores, mostrando una marcada vuelta a los valores estéticos de la vestimenta autóctona. Desde fines dde la década del 60 Manuel Lamarca y la original Mary Tapia anticipaban con sus creaciones esta tendencia, que coincidía con el triunfo del poncho en todas sus variantes y los cinturones tipo rastra criolla. Hacia 1970, la aparición de la maxifalda, acompañada por botas, enfatiza el estilo. 

Dentro de este movimiento de nueva búsqueda de la moda que nos iba a identificar como país podemos situar el triunfo en 196970 de Paco Jaumandreu en Nueva York, cuando presentó su “gaucho look” estilizado con trajes regionales. Tanto Manuel Lamarca como la tucumana Mary Tapia, gran conocedora de las diferentes texturas y profunda investigadora de lo folclórico, fueron verdaderos precursores que recogieron y actualizaron las primeras experiencias que con tejido indígena había lanzado la absolutamente original Fridl Loos en la década del 40, conformando un grupo junto a Medora Manero, Tiky García Estévez y Gioia Fiorentino, que piensan y manejan el textil de una manera personal y única.

A partir del año 1967, la pintora Medora Manero demuestra una vez más el enriquecimiento que significó para la moda el acercamiento de las artes plásticas. Durante esos primeros años, desde su original casa de modas sobre la avenida Del Libertador en Acassuso, Medora trabajaba las gasas naturales, las sedas para los vestidos de noche, convirtiéndose en “la sofisticación de Buenos Aires”. Instalada a fines de la década del 60 en San Telmo, empieza a manejar y a combinar entre sí la riqueza de los distintos materiales auténticos del país.