Las casas de moda de los años 60

Entre las casas de modas sobresalía, en Paraguay 2920, la del talentoso Héctor Ferngo que, como vimos antes, siendo un joven creativo vendía durante la guerra algunas de sus muchísimas ideas junto con algunos vestidos a las casas de entonces. Años más tarde abrió su propia casa de modas y poco a poco fue ganando un gran nombre, sobre todo en la década del 60. Durante todo este período en que las actrices cinematográficas tuvieron tanta influencia sobre el modo de vestir de las mujeres argentinas, cobran un gran relieve las casas de modas de los especialistas en vestuarios cinematográficos y encargados de vestir a los artistas: el singular Paco Jaumandreu y Horace Lannes.

También en la moda masculina, demostrándonos una vez más la influencia del cine, Gregory Peck, protagonizando The Man tn the Grey Flamncl Suil impone una línea natural de vestir que adoptan inmediatamente una nueva categoría de empleados que había comenzado a surgir en la década del 50: los ejecutivos de corporaciones y grandes industrias. Consistía en un traje de saco largo de solapas finitas, ligeramente despegado en la cintura, de hombros estrechos, generalmente de franela gris, que se acompañaba con camisa blanca, corbata fina de nudo pequeño y zapatos con gruesas suelas de goma. El diseño de los estampados de las corbatas eran usualmente escudos. Para sport se usaban camisas escocesas, estilo leñador canadiense, que también había impuesto Elizabeth Taylor para la moda femenina. El grupo de los ejecutivos adoptó para sí el sobretodo de “pelo de camello” de las clases altas; se usaba sobre trajes de rayas finitas, que continuaban de moda desde finales de los años 40 y perdurarían hasta fines de la década del 50. Aunque comenzaba a cundir el sin sombrerismo, todavía era usual el uso del sombrero masculino.

En la Argentina, los trajes del 50, satirizados por la revista Rico Tipo cabalmente interpretada por la sastrería González, servía de inspiración a los “petiteros”, así llamados porque tenían al Petit Café de Santa Fe y Callao como lugar de reunión. Los petiteros, con sus trajes de línea entubada y sacos con dos pequeños tajos a los costados, solapas finitas, dos botones y pantalones sin botamangas, resultaban una nueva versión de los compadritos del pasado.

Desarrollándose a espaldas de la moda oficial, que señalaba y digitaba París para la moda femenina y Gran Bretaña para la masculina, surgió una moda liderada por los jóvenes actores de Hollywood como James Dean y Marlon Brando y músicos de rock como Elvis Presley, que se convirtieron en figuras arquetípicas para una gran cantidad de adolescentes, que a mediados de los años 50 comenzaron a tomar conciencia de su significación grupal. Películas como Rebelde sin causa, Al este del paraíso y Gigante, y en general, todas las temáticas fílmicas de los años 50 mostraban como modelo habitual a los adolescentes en conflicto y rebeldía con la generación anterior (la brecha generacional de posguerra) vestidos de manera diferente: jeans y camperas negras. Los jeans que hasta ese momento habían sido utilizados como prendas de trabajo se transforman junto con las camperas negras y el rock en el símbolo de la identidad juvenil.

Junto con la certeza de su propia identidad grupal, los jóvenes de mediados de la década del 50 fueron tomando lentamente conciencia de su propio poder, que descansaba fundamentalmente en su creciente importancia numérica, que abría nuevos mercados como consumidores. Estos mercados se ensancharían en la década siguiente a causa de la transformación demográfica ocasionada por el babyboom: aumento de la natalidad después de la guerra. La moda de esta generación beat o generación “golpeada”, protagonizada por las clases bajas de Inglaterra y Estados Unidos, que vestían sacos de cuero, jeans y camisas de trabajo, y utilizaban el negro como símbolo de su ideología, heredera de los existencialistas de la década anterior, ser encarnaba en Buenos Aires en politizados intelectuales de la clase media. Estos “bealniks a la argentina” que discutían a Sartre y a Simone de Beauvoir, y leían La Peste de Camus en los cafés de Corrientes y de Viamonte, vestían holgados suéters y pantalones oscuros que prenunciaban a su modo el estallido de la moda joven que iba a ocurrir en 1962 con los Beatles.