La ropa como medio de expresión 

Así como en los países democráticos predomina la originalidad, porque se utiliza la ropa como medio de expresión, en la Argentina de proceso de democratización de la moda está impulsando a las personas no expresarse con su ropa como ellas sienten, sino como grupo profesional al cual pertenecen. La presión social un grande que la nueva identidad de los hombres y mujeres argentinos pareciera ser la identidad que tiene socialmente su actividad. El hábito dcl uniforme está tendiendo a ser cada vez más imperativo, de modo tal que ya se empieza a pensar que no se puede triunfar en una profesión si cada uno no se viste de acuerdo con lo que lodo cl mundo espera. Una vez más, el ser y el querer quedan totalmente relegados. Si bien el grupo profesional, ya sea empujando a la originalidad, ya a la integración, actúa como moderador de los comportamientos dc los integrantes que lo componen y que se mimetizan entre sí, responde también al nivel económico social en que se desenvuelve. En cuanto a la manera de vestirse y a la importancia dada a la ropa, no es lo mismo una convención de médicas que una de peluqueras.

En general, la sociedad argentina es una sociedad de alta movilidad, tanto en sentido horizontal (posibilidad de desplazamientos regionales) como vertical (facilidad para ascender descender en las distintas clases sociales). Esta posibilidad de cambio provoca mucha inseguridad y explica la enorme importancia que se le asigna a la moda. A través de la moda se consigue la identificación, estableciéndose la pertenencia a una clase social y a un grupo profesional. Resulta entonces natural que en la Argentina el interés por la moda aumente a medida que decrece el nivel social. La clase baja le asigna a la ropa mucha más importancia que los restantes sectores y toma a las clases superiores como modelo. En la dase media y media alta la franja comprendida entre los 17 y los 35 años es la que más importancia da a la moda, en tanto que la clase ala es esencialmente conservadora.

Si consideramos a un grupo social con un nivel socioeconómico elevado, vemos que en general se ampara en la uniformidad, tiene una fuere conciencia de elite y comparte una mística de iniciados a través de la adhesión a ciertas y determinadas marcas de prestigio. Esta uniformarse les permite proteger los más altos valores de su escala: prestigio, tradición e importancia de la riqueza como fuente de poder. Más importante que el deseo de originalidad es estar uniformados e integrados a un grupo muy fusionado que sirva de barrera a los inuu5OS. La moda dentro de este esquema no tiene demasiado valor, porque carece de uno de los atractivos más importantes: I búsqueda de seguridad, que es una meta para las demás clases sociales. 

Encontramos esta misma enormidad, pero por razones completamente diferentes, en los grupos de menor nivel socioeconómico. Las mujeres que cumplen largas jornadas completas (ya que unen al trabajo que realizan el cuidado de su casa y la crianza de los hijos) no disponen de tiempo ni dinero para dedicarlo a recorrer, ver vidrieras y comprar, ni tampoco para la confección de su propia ropa. Además, los dueños de tiendas de barrio, como necesitan vender a menores precios que los negocios céntricos por el bajo nivel adquisitivo de sus clientes, deben ampararse en la producción masiva que confeccionan los grandes talleres para abaratar costos. De allí la uniformidad en diseños y colores que se ofrecen en las vidrieras de los negocios donde estos grupos se abastecen y la consecuente uniformidad lograda por presión económica en las mujeres que trabajan en fábricas, talleres y pequeños negocios (carnicerías, verdulerías, etcétera).

A pesar de estas grandes desventajas, como la necesidad de seguridad en estos grupos de menores ingresos es alta, el interés hacia la moda es muy grande. La moda se convierte entonces en una herramienta para conseguir la seguridad a través de la búsqueda de aprobación, sobre todo de los familiares y de los grupos de vecinos y de trabajo.

La mujer, al buscar la aprobación en esos grupos que la rodean, quiere poner en evidencia que está lejos de “ser pobre” con todas las modalidades que el consenso popular asocia a esa realidad. Por eso busca en primer lugar para ella y su familia dar una imagen de pulcritud y prolijidad siempre renovada, destinando parte de sus ingresos, que en otros niveles se destinan a mantener símbolos de status (club, mantenimiento de automóviles y salidas) a la compra de ropa nueva. Ésta es de baja calidad, no cumple con el ritual de las marcas y es uniformada para abaratar costos.

Si vemos a un grupo de adolescentes que pertenecen a familias de alto poder adquisitivo a la salida de un exclusivo colegio de Buenos Aires usando suéteres, serán seguramente todos de la misma marca, aunque puedan mostrarse completamente gastados en los codos. Si los adolescentes pertenecen, en cambio, a los grupos de menor nivel socioeconómico, los suéteres, sin ostentar ninguna marca, aparecerán nuevos y uniformados. La necesidad de aprobación y de búsqueda de seguridad entre los que pertenecen a la clase media baja y baja determina el enorme interés depositado en la ropa, generándose una gran competencia que lleva a fijarse como modelos a las otras clases sociales, pero no para competir con ellas sino como medio para poder competir con sus pares.