
Desde los famosos análisis de Veblen se sabe que el consumo de las clases altas corresponde esencialmente al principio de despilfarro ostentoso con el fin de conseguir la consideración y la envidia de los demás. El móvil que está en la base del consumo es la rivalidad de las personas, el amor propio que las lleva a querer compararse ventajosamente con los otros y quedar por encima de ellos. Para conseguir y conservar honor y prestigio, las clases altas deben dar y gastar mucho, deben hacer arde de riqueza y de lujo, manifestar ostensiblemente, por medio de sus formas como ser los buenos modales, su decoro, sus galas, y sobre todo que no están sujetas al trabajo productivo e indigno. La moda, que con sus rápidas variaciones y sus innovaciones «inútiles» está particularmente adaptada para intensificar el gasto pregonado, se convierte en Veblen en un simple «corolario»’ de la ley de la conspicuous consumption, un instrumento de obtención de honorabilidad social. Veblen, que en un pasaje señala que «nunca se ha dado explicación satisfactoria de las variaciones de la moda, creía que sólo podía hacerlo la teoría del despilfarro ostentoso.
La conminación a la magnificencia tiene como efecto la escalada de innovaciones fútiles, un incremento de superfluidades sin ninguna finalidad funcional, de lo que se desprende que «el traje ostensiblemente costoso es intrínsecamente feo». La consecuencia de la ley de gasto improductivo es, de forma simultánea, la rapidez de los cambios y la fealdad del vestuario de gusto del momento. De ahí la necesidad, para aligerarnos del efecto estrafalario de esas formas, de nuevos ridículos atavíos fieles a la conspicuous consumption pero totalmente contrarios al buen gusto: la moda y lo artístico son antinómicos. El reduccionismo sociológico alcanza aquí su punto culminante: los entusiasmos traducen solamente nuestra aspiración a la estima social, nos gustan las cosas de moda en tanto nos permiten situarnos socialmente, 《desmarcarnos», sacar un provecho distintivo.
La teoría de Veblen indudablemente pone el acento sobre una dimensión esencial de la moda: el gasto demostrativo como medio para significar un rango, para suscitar la admiración y exponer un estatus social. ¿Pero por medio de qué mecanismo la norma del consumo ostensible engendra las cascadas de novedades que componen la moda? Sobre ese punto el análisis de Veblen es breve: lo que separa las edades de la moda de las épocas de estabilidad para el autor de la Teoría de la clase ociosa, en el fondo no tiende más que a la exasperación de la obligación de gastar, ocasionada por las condiciones propias de la gran ciudad, donde las clases superiores son más ricas, más móviles, menos homogéneas que en las épocas tradicionales. La ley del despilfarro ostentoso y la carrera por la consideración se imponen pues más imperiosamente, dando como resultado el cambio de las formas y estilos.
¿Pero cera ésta menor en otros tiempos? ¿Se ejercía con menos intensidad en el energetismo grecorromano, cuando los notables comprometían vertiginosas fortunas en festines, edificios, distribución de monedas, sacrificios y espectáculos de todo tipo? La norma del derroche era entre ellos particularmente imperiosa; sin embargo, la moda no encontró su lugar de aparición en ese tipo de sociedad. En la base del surgimiento de la moda, se halla no el incremento del despilfarro ostentoso sino la aparición de nuevas exigencias, de nuevos valores que, ciertamente, se traducen en el código inmemorial de la prodigalidad ostensible, pero que no se deducen de ello mecánicamente. «Con una perspectiva de media docena de años, nos choca ver hasta qué punto la mejor de las modas era estrafalaria, incluso francamente fea», escribía Veblen. Evidentemente eso es inaceptable: a ningún precio quisiéramos llevar lo que estuvo de moda hace algunos años, pero seguimos admirando muchas modas anteriores. La moda de ayer aburre, pero sin embargo las de anteayer y del pasado lejano continúan fascinando; esto se puede ver ya que con frecuencia se admira en ellas y se desea la elegancia, el lujo de los detalles, las hermosas y sofisticadas formas anticuadas pero delicadas. La prueba de que la moda está de acuerdo con la exigencia estética es que no podría ser reducida al único orden de la superfluidad aberrante para la cotización social. Lejos de ser «esencialmente fea», la moda se define, por el contrario, por la intención de refinamiento, de elegancia, de belleza, cualesquiera que sean las extravagancias, el exceso, el mal gusto que, a lo largo de los siglos, han podido darse de vez en cuando.