
La vocación creadora del modisto que define la propia Alta Costura es inseparable de una nueva lógica en el funcionamiento de la moda: tiene lugar una mutación organizativa que designa la entrada de la moda en la era de la producción moderna. Hasta Worth, el sastre, la modista, el comerciante de modas, nunca dejaron de trabajar en relación directa con la cliente; a partir de ese acuerdo elaboraban el atuendo; la elegante hacía valer su gusto y sus referencias, orientando el trabajo de los artesanos de la moda. Rose Bertin evocaba sus horas de «trabajo» con la reina. La gente de la moda no había adquirido aún el derecho soberano a la libertad creadora, estaban subordinados, al menos en principio, a la voluntad de los particulares. Comparado con ese dispositivo artesana1, el gesto de Worth es crucial: equivale a la destrucción de la lógica secular de subordinación o de colaboración entre la modista y su cliente, en provecho de una lógica que consagra la independencia del diseñador. Imaginando continuamente modelos originales que la clientela no ha podido escoger, haciéndoselos llevar primero a su mujer en el hipódromo o en las alamedas del Bois, presentándolos luego con maniquíes de carne y hueso, Worth inicia lo que será la moda en el sentido actual del término y pone en práctica el doble principio que la constituye.
Ese vaivén designa la incuestionable novedad histórica de la Alta Costura: de una época en que la cliente coopera con la modista a partir de un modelo en definitiva totalmente fijo. De este modo hay que comprender la arrogancia de Worth, la autoridad con la que se dirigía a las mujeres de las más altas esferas; más que un rasgo de carácter afirmación del derecho recién adquirido del modisto a legislar libremente en materia de elegancia.
Revolución en la organización de la moda que, también es cierto, no se presentó enseguida con esa radicalidad inherente a los esquemas lógicos. Hasta comienzos del siglo XX, los modelos eran a menudo exclusivos, adaptados a los gustos de cada cliente. Poiret se esforzará en minimizar el imperio recién adquirido del modisto, insistiendo en el papel siempre crucial de una determinada clientela: 《Una parisina no adopta jamás un modelo sin introducir cambios capitales y sin particularizarlo. Una americana escoge el modelo que se le presenta, lo compra tal cual es, mientras que una parisina lo quiere azul si es verde, granate si es azul, añade un cuello de piel, cambia las mangas y suprime los botones de la falda.»’ Pero sus consideraciones, cualquiera que sea la verdad psicosociológica, no deben ocultar lo esencial: el advenimiento de un poder «demiúrgico» del modisto y la exclusión concomitante del usuario; es el modisto quien lleva la voz cantante sobre la concepción del atuendo y, a lo mejor, la elegante tiene la oportunidad de introducir modificaciones de detalle. El conjunto recae sobre el modisto, lo accesorio sobre la cliente, aconsejada por la vendedora, que velará para que no quede desvirtuado el espíritu del modisto, su firma. Por otra parte, a medida que la clientela privada disminuía y que la Alta Costura producía cada vez más prototipos destinados a la exportación, el poder, de alguna manera «discrecional», del modisto actual no dejaba de reafirmarse.
La Alta Costura es pues, ante todo, la constitución de un poder especializado que ejerce una autoridad propia en nombre de la elegancia, de la imaginación creadora y del cambio. En ese sentido, hay que situarla Alta Costura dentro de un movimiento histórico mucho más amplio: el de la racionalización del poder en las sociedades modernas, que desde los siglos XVII y XVIII han visto aparecer nuevas formas de gestión y de dominación que pueden llamarse burocráticas, y cuyo objetivo tiende a penetrar y remodelar la sociedad, a organizar y reconstituir, desde un punto de vista «racional, las formas de socialización y los comportamientos hasta en sus menores detalles. La dominación burocrática se encarga por completo de la elaboración del orden social, por medio de un aparato autónomo de poder basado en la disyunción sistemática de las funciones de dirección y ejecución, de concepción y de fabricación. Precisamente es un dispositivo semejante el que se encuentra en la Alta Costura: con la expulsión de hecho del consumidor y la monopolización del poder en manos de los especialistas de la elegancia, la misma lógica burocrática organiza la moda, la fábrica, la escuela, el hospital o el cuartel, con la diferencia de que los modistos han dictaminado en nombre del gusto y de las novedades y no en función de un saber racional positivo. Lógica burocrática que, a fin de cuentas, ordenará la organización de las grandes casas, en adelante dispuestas de forma piramidal con el estudio cuya finalidad es la elaboración de modelos en la cumbre y «abajo» los talleres con sus tareas especializadas (las mangas, los cuerpos, las faldas, la «costura a máquina» y, más adelante, los «calados», las obreras del «traje especial», del traje sastre, del «vaporoso») y sus índices jerarquizados («primera》,«segunda de taller», primera y segunda oficiala de costura, oficiala de modista, aprendiza). Que la Alta Costura haya tenido como clientes a las mujeres de la alta sociedad, que haya sido una industria de lujo no cambia en nada el hecho históricamente más importante de que ha hecho bascular la moda del orden artesanal al orden burocrático moderno.