La moda, históricamente símbolo de poder 

En forma paralela, desde el año 1831 se usaba en Buenos Aires el color punzó, históricamente símbolo de poder, hasta generalizarse completamente el 20 de octubre de 1838, origen del uso de la famosa divisa federal. Ese día, reunidos para el entierro de Encarnación Ezcurra de Rosas, a los federales auténticos y entre ellos al coronel don Vicente González se les ocurrió llevar un distintivo que señalara a los más federales. Se compraron entonces en las tiendas cintas color punzó que se colocaron en el sombrero en señal de duelo; rápidamente vino la imitación. No solamente se difundió la imposición de llevar el cintillo colorado en el ojal de la chaqueta; también hicieron su aparición durante esa época los chalecos colorados rameados en negro para los hombres, algunos de los cuales, bien conservados, se encuentran en el Museo Histórico de la Ciudad de Buenos Aires.

Las mujeres federales comenzaron a usar un moño del mismo color en el lado izquierdo de sus peinados, moda que por supuesto no usaron las mujeres unitarias. Pero llegando al año 1840, los miembros de la mazorca, con moños, brochas y ollas de alquitrán derretido, se ubicaban en los atrios de las iglesias y colocaban el distintivo federal a aquellas mujeres que, al salir de misa, no lo llevaban. Tal vez podamos considerar al moño federal como una de las primeras manifestaciones auténticamente argentinas de la moda. La imposición del color punzó llegaba hasta el uniforme de los alumnos (aunque no se recuerdan ni camisas ni medias de ese color), la librea de los sirvientes y las testeras de plumas de los caballos, llegando el frenesí hasta el color de los carros fúnebres. La pintura punzó invadía no sólo las puertas, ventanas y zócalos de las casas, sino hasta los postes de las veredas.

Aquellos chalecos colorados rameados en negro y la obligación del uso del bigote que mostraban los federales contrastaban con la oscura levita y la sotabarba en forma de U (como la de Esteban Echeverría) de los unitarios. El contraste prontamente se diluyó en las tertulias, porque debido al clima político existente, la deserción de los unitarios que habían tomado el camino del exilio (entre ellos Juan B. Alberdi, escritor político, músico y editor del periódico La Moda) era notoria. En general, estos detalles y la diferencia en el pantalón, eran los únicos cambios visibles en la vestimenta masculina, que no se había modificado demasiado desde la época anterior, aunque se acentuara el uso de los puños de encaje, los chalecos de piqué o terciopelo, la levita oscura que hacía resaltar la ancha corbata blanca y la melena “a lo trovador”, detalles característicos del romanticismo.

Desde el año 1830, el pantalón deja de ser ceñido y se lleva ancho y con tirantes. Resulta interesante leer el diario del fundador del Museo Histórico Nacional, el doctor Adolfo P. Carranza, que integraba junto a Barilari, Cantilo y Zapiola la comisión de monumentos que, para memorar a los héroes de la independencia, se levantan para engalanar Buenos Aires en ocasión del Centenario (1910). El día 29 de noviembre de 1909, refiriéndose a una nota que había recibido del escultor Eberlein para que fuese a ver el boceto del monumento a Castelli, escribe: “No le he observado más que la esclavina que es de mucho vuelo y la levita demasiado larga y algo pesada”. Al día siguiente anota: “Propuse que se le suprimieran las botas poniéndosele el pantalón moderno. Eberlein lo acept6″. Tal vez el doctor Carranza y Eberlein hayan pensado que la necesidad de elegancia y de armonía en las vestimentas de bronce permitían ciertas licencias como para no respetar la moda de la época, ya que, desde la muerte de Juan J. Castelli, en 1812, el pantalón había evolucionado, transformándose completamente en 1830.

Si seguimos los testimonios iconográficos, principalmente las pinturas de Carlos E. Pellegrini, H. Bacle, Carlos Morel y Prilidiano Pueyrredón, quienes documentaron fielmente las modas y costumbres de esos años, vemos que en una gran mayoría predominan los vestidos rosados, colorados, marrones, amarillos pálidos y algunos blancos. Hay una íntima correspondencia entre la ropa y la época, de fuerte contenido teatral y dramática. En la acuarela de Pellegrini del año 1831, Tertulia porteña,20 los hombres lucen ya el chaleco colorado federal, y los cinco vestidos de las mujeres con peinetón son un ejemplo de las modas de la época. La más elegante lleva un vestido color marfil típico del estilo romántico: bata muy ceñida con corte al medio del cual parten ligeros frunces, sin hombros, se ajusta por un ancho cinturón de siete centímetros con hebilla, exageradas mangas abullonadas, rellenas y montadas sobre armazón de alambre llamadas gigol que parten del escote y van al puño, donde se estrechan. El complicado peinado de raya al medio se levanta en el costado con dos rodetes en forma de banana, y hacia arriba otros dos rodetes de diez centímetros de alto para sostener el alto peinetón curvado; del peinado se desprenden dos bucles que caen sobre los hombros. El conjunto se complementa con un collar de oro de dos vueltas.