
Harrods se especializaba en vender todas las prendas para cada deporte, incluyendo los guardapolvos de hilo color crudo que se colocaban sobre la ropa para manejar los automóviles. También se especializaba en moda infantil, vendiendo para niños los habituales trajes marineros y, para niñas, los vestidos debajo de la rodilla, con cuellos marineros. La cantidad de géneros importados que se habían acumulado en Buenos Aires anularon en cierta forma, durante la guerra el impacto de la disminución de las importaciones que descendieron en un 40%. Sin embargo, este hecho provocó actividades industriales de sustitución, teniendo algunos sectores de la industria textil (por ejemplo, el lanero) una gran expansión. Este sector abastecía de paños a los ejércitos de la Entente, sirviendo también en el mercado nacional a la incipiente diversificación de las vestimentas que, como vimos, ya comenzaban a ser para cada ocasión.
Hacia 1917, junto a este nuevo tipo de mujer delgada y natural que se simplifica y que convive con aquellas que demoraban todavía la adaptación a los nuevos tiempos que se vivían, caminaba un hombre con una vestimenta que ya mostraba las características de diseño simplificado que perduraron hasta la actualidad. Los trajes, que tanto podían ser cruzados o sin cruzar, tenían sus sacos más cortos y sin hombreras, las solapas más anchas y alargadas y las mangas más angostas que los usados en la época de preguerra. Los bolsillos llamados plaqué fueron en ese entonces reemplazado por bolsillos en tajo. Los pantalones ya mostraban el pliegue de la cintura dispuesto por comodidad, que fue creado por Larsen entre 1911 y 1912 y un doblez en el dobladillo (innovación que fue acreditada a Eduardo VII de Inglaterra).
Las camisas eran habitualmente usadas con cuello “palomita”, abandonándose a partir de 1914 los cuellos postizos y separados. Se le seguía dando todavía una enorme importancia a los accesorios como guantes, sombreros, gemelos, botones y polainas, generalmente de paño fino y de color gris o beige. Esta convivencia de tendencias y estilos que demostraban la profunda crisis de adaptación que se estaba operando en el mundo de la moda se organizó hacia finales de la década.
La guerra de 1914-1918 ayuda a la gran transformación que se venía gestando desde años anteriores, dejando a las mujeres una vocación por la independencia de pensamiento y una libertad de movimientos que se vieron reflejadas en toda la moda de los “años locos”, con figuras planas, peinados pegados a la cabeza, ojos redondeados con un halo negro, collares en cascadas y “paillettes y mostacillas”. Esta moda es consecuencia del nuevo espíritu que animaba a la mujer, a quien la guerra, los deportes y las nuevas exigencias que se le presentaban le habían demostrado que ya no podía perder tres horas vistiéndose y desvistiéndose.
Nada mejor para describir el espíritu que animaba la época que recordar el pedido de Serge Diaghilev a Jean Cocteau: “Étonnezmoi!” asómbreme!, y el asombro comenzó cuando en 1920 la tumba del soldado desconocido se llevó al Arco de Triunfo, dándose por terminado el duelo, explotando de golpe la alegría de vivir y de sobrevivir que de Francia se derramó por todo el mundo llegando, por supuesto, a la Argentina. Buenos Aires responde como vimos con grandes y brillantes fiestas. En Mar del Plata, gran acontecimiento en el Ocean: ¡tras las cortinas cerradas se está bailando el tango! El Brístol, en cambio, se niega a permitir que su orquesta “ejecute esa música”, tal vez demasiado reveladora y sensual para poder guardar las formas…
¿Cómo visten las mujeres que quieren guardar las formas? La instalación de las casas de modas en Buenos Aires, el menor tiempo que ya se empleaba para viajar a Europa y la buena prensa que dedicaba mucho espacio a la mujer determinan que la aparición de los distintos estilos en Buenos Aires fuera casi simultánea con Europa. Puede parecernos en un primer momento que la moda de las faldas cortas es consecuencia de la guerra (ya que Paquin las presentó por primera vez en 1918), pero no es así, porque esta moda tardó siete años en imponerse. Sabemos también, después de Kroeber, que las guerras y los períodos de inestabilidad sociocultural no producen modas determinadas sino, más bien, polemizan los estilos vigentes provocando tendencias divergentes y centrífugas. Entonces no nos debe extrañar que, por primera vez, los estilos se diversifiquen siguiendo después de la guerra la inspiración personal de cada creador. A partir de ese momento se puede reconocer, tanto el estilo Chanel como el de Jeanne Lanvin o el de Madeleine Vionnet.
La guerra en sí no fue inspiradora de ninguna moda, pero, muy claramente, hay un antes y un después en las audacias de los vestidos de tarde y en el uso de los cosméticos. Los vestidos de tarde muestran cierta tendencia de “mujer fatal”, las espaldas escotadas ponen en vigencia la teoría sobre la histórica repetición de la presencia conjunta de guerras con desnudez en las vestimentas. En el número 1433 de Caras y Caretas del año 1926 vemos en una publicidad de vinos Arizu a una mujer joven de aspecto sumamente actual, sentada de perfil, luciendo un solero corto de seda color ocre de breteles muy finos, con grandes y cavadas sisas “estilo camiseta”, los zapatos en punta con tacos de 5,50 centímetros de ancho tienen el empeine cruzado por una tira que termina en un adorno en forma de abanico. El pelo corto y rizado es de color castaño, y lleva una gran flor azul en el costado.