
En otros grupos, como los que integran las mujeres de las diferentes ramas de la enseñanza, aunque con diferencias internas (la ropa de una maestra de jardín de infantes no es la misma que la que usa una profesora de geografía de nivel secundario), se tiende a la uniformidad. En su escala de valores no está en primer lugar la originalidad y el deseo de diferenciarse como entre las actrices, sino el demostrar, a través de cierto “uniforme”, seriedad, autoridad y apego a lo establecido. El grupo las recompensa con integración, ya que las mujeres docentes tienen muy agudizado su sentimiento de pertenencia a él. De las abogadas, por ejemplo, se espera que cumplan la ley y den por lo tanto una imagen de serias y formales a través de tailleurs y la elección de conjuntos muy sobrios. Las psiquiatras y psicólogas se muestran modernas, pero sin estridencias, buscando provocar credibilidad, lo que no lograrían usando ropa demasiado llamativa, pero, al mismo tiempo, quieren demostrar que están sumamente informadas de lo último. Las secretarias y secretarias ejecutivas eligen muy cuidadosamente su ropa para dar una imagen de eficiencia y perfección, y cuidar los accesorios, que suelen ser modernos pero discretos. Se visten siguiendo las pautas de la moda y son sumamente puntillosas con los detalles y la perfección que exige su profesión. La imagen que dan es la de “cuidar los detalles”.
En cuanto a las vendedoras de boutiques, les es prácticamente imposible apartarse de lo último que se usa, ya que todo el mundo espera que estén vestidas absolutamente a la moda para impulsar las ventas a través de la imitación.
Por supuesto que el apego a la moda, el seguir la moda y las actitudes que provoca, no tienen el mismo carácter en los distintos grupos profesionales. El sentimiento de desaprobación para aquellos que no siguen al pie de la letra las modas será más fuerte cuanto más “seguidor” sea el grupo de los cambios de la moda, así que una vendedora de boutique que se aparte de lo que se espera de ella va a tener mayor desaprobación social que una secretaria. En general, también debemos tener en cuenta y esto es válido para las distintas profesiones que la manera de adoptar las modas va a estar en relación directa con la identificación que cada uno tenga con el grupo de sus pares profesionales. Cuanto mayor sea la identificación con el grupo mayor será el deseo de mimetizarse con sus pares. Lo social tiene mucho peso; también cuenta la forma peculiar de relacionarse de cada uno con el grupo de su profesión, aunque en general las recién llegadas a un grupo profesional tienden a vestirse como “todo el mundo espera que lo hagan” por una razón de seguridad. La inseguridad de los primeros tiempos lleva a una mayor uniformidad en las formas de vestirse, lo cual permite que se sientan reconocidas e integradas, experimentando una sensación de pertenencia y de seguridad. Luego, a medida que se tiene una mayor antigüedad en la profesión o trabajo, la posibilidad de apartarse dc la uniformidad puede ser más flexible, aunque siempre dentro de los límites fijados de antemano por la sociedad.
De acuerdo con lo que hemos analizado, si vemos a una mujer viajando en tren hacia su trabajo, es bastante probable descubrir cuál es la actividad que realiza. La ropa delata tanto la actividad de cada uno como el nivel económico social que ocupa, aunque el nivel económico social resulte más difícil de detectar con veracidad debido al mimetismo que se produce en la forma de vestirse de acuerdo con las profesiones. Si dejamos de lado algunas actividades, como por ejemplo la de monja o actriz, que incluyen mujeres de las diferentes clases sociales, en general la mayoría de las profesiones están profundamente ligadas a cierto nivel socioeconómico. Siempre se ha dicho que, a la mujer, “al vestirse de mujer” y no de acuerdo con la especialización de sus actividades, le era más fácil, hasta hace pocos años, esconder su nivel socioeconómico que, al hombre, con menos recursos para el adorno y más ligado a su actividad. Sin embargo, cuando la clase alta imponía la moda, la manera de colocarse un sombrero o de usar determinados accesorios señalaban el nivel social. Al producirse la democratización de la moda y el desplazamiento de su lanzamiento a “lo último” y a la “novedad” se hace sumamente difícil encasillar a las personas de acuerdo con la forma de vestirse en un determinado nivel socioeconómico.
Desde la época en que las leyes suntuarias indicaban el largo de la cola de los vestidos, los accesorios, colores y géneros que se debían usar en relación con los distintos niveles sociales hasta llegar a la confección seriada que impulsa el todo vale actual, se ha ido muy lentamente restándole importancia a la ropa como distintivo social. Se le asigna, sin embargo, un lugar que tal vez nunca antes tuvo en la historia como herramienta de expresión de lo que cada uno es y quiere ser.