
El mimetismo de la moda no puede comprenderse al margen de ese «individualismo creativo》, históricamente inédito, de los jerarcas. La moda traduce la irrupción explícita y permanente de la iniciativa individual en materia de apariencia, el poder de los grandes de este mundo para interrumpir arbitrariamente la continuidad de los usos, para impulsar los cambios de formas, de volúmenes, de colores. La «divisa» del rey René entre 1447 y 1449 se componía de tres colores, negro, blanco y gris, dos años más tarde era blanca y violeta, al final de su reinado sus páginas ostentaban el negro y el carmesí, quizá como reflejo de sus dificultades políticas y sus lutos familiares.’ La indumentaria cambia en función de las preferencias de los poderosos, tiende a simbolizar una personalidad, un estado de ánimo, un sentimiento individual, se convierte en signos y lenguajes de igual importancia que las divisas bordadas, los monogramas y emblemas que aparecieron en los siglos XIV y XV, como otros tantos símbolos personales de los caballeros. Más adelante la reina Juana de Portugal lanzó el verdugo para di-simular su embarazo; Luis XIII puso de moda las barbas de punta; Luis XIV fue el precursor de diferentes modas masculinas que daban una determinada imagen de su poder; la moda, a diferencia de la tradición, requiere la libre intervención individual, el poder singular y caprichoso de quebrantar el orden de las apariencias.
El individualismo en la moda se manifiesta con todo su esplendor en ese poder de algunos nobles para promotores deliberadamente novedades, para ser líderes del gusto la alta sociedad. Se revela también, aunque de otra manera, en su búsqueda ostentadora de la diferencia y la originalidad individuales dc los cortesanos, pequeños marqueses, gente de la alta sociedad pavoncán con vestimentas llamativas por la corte y posterior mente en los salones. Lechuguinos, petimetres, caballeretes, mara7i llosas, bellas, fashionables, tantas encarnaciones célebres de esa figura particular del individualismo frívolo, volcadas al culto desenfrenado de la distinción personal y social mediante un proceso de escalada y afán de emulación en los signos de la apariencia. El exceso estético y la gratuidad caprichosa se convirtieron en componentes de la moda y en una virtualidad del individuo liberado del orden de la indumentaria tradicional.
Las antiguas sociedades no ignoraban la búsqueda estética de los particulares y las manifestaciones del deseo de seducción en materia de apariencia. Eran posibles múltiples arreglos que revelaban gustos y talentos estéticos particulares, pero esa dimensión personal no es, en ningún caso, asimilable a la lógica individualista constitutiva de la moda. Incluso cuando la variedad de los arreglos era considerable, como en el caso de Grecia, estaban de todos modos ordenados, predeterminados por el conjunto cerrado de las posibles combinaciones. El individuo podía variar y combinar las figuras, pero dentro de un repertorio intangible fijado por la tradición: se daban composiciones y permutaciones, pero no innovación formal. Por el contrario, la emergencia de la moda coincidió con el tras tocamiento de ese dispositivo, con el advenimiento del principio de autonomía individual estética en sus dos grandes manifestaciones: creación soberana para algunos, adaptación de las normas a los gustos de los particulares, para otros.
Sin duda la norma colectiva ha continuado prevaleciendo con fuerza, como lo testimonian las corrientes miméticas y las lamentaciones sobre el despotismo de la moda. Pero bajo la apariencia de la continuidad espontánea se ha producido una modificación radical: el individuo ha conquistado el derecho, no total pero sí efectivo, de mostrar un gusto personal, de innovar, de sobresalir en audacia y originalidad. Lejos de estar subordinado a una norma de conjunto, el agente individual ha conquistado una parte de iniciativa creadora, reformadora o adaptadora: la primacía de la ley inmutable del grupo ha cedido paso a la valorización del cambio y de la originalidad individual. Cualquiera que sea la profundidad efectiva de esa transformación en los comportamientos de la mayoría, la ruptura con el sistema tradicional y la sumisión del átomo singular que éste implica, se ha efectuado. De un sistema cerrado, anónimo, estático, se ha pasado a un sistema en teoría sin límites asignables, abierto a la personalización de la apariencia y al cambio deliberado de las formas. Iniciativa individual en los adornos, creación de nuevos signos indumentarios, triunfo de los árbitros de la moda: lejos de ser contraria a la afirmación de la personalidad, como se repite demasiado a menudo, históricamente la moda se ha basado en el valor y la reivindicación de la individualidad, en la legitimidad de la singularidad personal.
En el corazón mismo de un mundo guiado por valores icrárquicos ha aparecido la figura dominante del individuo mira mundano propio de las sociedades modernas; individualismo del gusto que se ha desarrollado paralelamente al individualismo económico y religioso, y que ha precedido al individualismo ideológico de la era igualitaria. A nivel propio, la moda indica una brecha en la preponderancia inmemorial de la organización holista, a la vez que el límite del proceso de dominación social y política en las sociedades modernas. El crecimiento estatal administrativo, así como el perfeccionamiento de la programación de las instituciones, no es más que uno de los rostros de la evolución del mundo moderno. Paralelamente al adiestramiento disciplinario y a la creciente penetración de la instancia política en la sociedad civil, la esfera privada se ha desprendido poco a poco de prescripciones colectivas; se ha afirmado la independencia estética allí donde nunca hemos cesado de evocar la dictadura de las modas y la arrogancia de las personas. Con el lujo y la ambigüedad la moda ha comenzado a expresar esa invención propia de Occidente: el individuo libre, despreocupado, creador y su correspondiente, el éxtasis frívolo del Yo.