
“Lo importante es que cada mujer utilice el maquillaje como un instrumento, ya sea en concordancia o discordancia con su ropa, para encontrar el verdadero estilo. Una mujer elegante y correcta muestra generalmente la armonía entre las partes de su vestido y el maquillaje; una mujer con estilo, en cambio, puede gustar o no a los demás, pero si tiene armonía con su personalidad, es válido. Para que sea un instrumento de búsqueda y creación del estilo personal debe tener líneas modulables; es decir, una mujer con estilo propio puede usar el labial de una tendencia, el rubor de otra, y los ojos pintados con otra tendencia.”
Asimismo, Lizardi nos brinda un panorama de las diferentes tendencias que los países avanzados muestran respecto del maquillaje, que varía según las necesidades y modalidades de las mujeres de cada lugar. A tal efecto nos dice: Para poder penetrar en otros países comienzan en 1950, pero con mayor fuerza comercial en 1965-1970, a crear una línea partiendo de la propia, para conseguir mayor difusión masiva. Hacen entonces un maquillaje que ‘parece francés’ pero que está pensado para el resto del mundo, nunca se va a notar que es masivo…
“La tendencia francesa más nueva en cosmética es la higiene de la piel, que considera a una cara limpia como lo máximo, de una transparencia y pureza que indican un anterior tratamiento, marcando sutilmente bocas, ojos y pómulos, dejando en su lugar las cejas sin exigencias de depilación.
“La escuela italiana actual de maquillaje, en cambio, empieza a hacerse fuerte en 1980, siendo más pensada e intelectualizada que la francesa, basándose en la italiana misma y en su nato refinamiento interno. Ellos no tapan las ojeras, porque es un típico rasgo italiano, resultando un maquillaje totalmente auténtico, deja en la mujer lo que existe y realza lo que tienen de bueno: pómulos altos, bocas sexys y ojos rasgados, todo con una esfumarla sin brillos que logra un solo color con diez.
“En los Estados Unidos desarrollaron en los últimos años una escuela propia, abandonando la orientación antigua, que se concentraba en un maquillaje de consumo y no creativo. El estilo actual es cauto, significativo y tranquilo, porque la americana se ha refinado, aprendiendo a esfumar, y, si bien no abandonó a sus firmas importantes como Estée Lauder y Ultima II de Charles Revson, incorporó lo francés y lo italiano, resultando un estilo de maquillaje modulable, es decir tranquilo o excitante según las ocasiones.
“Japón se ha preocupado por gustar a todo el mundo, creando una línea de penetración en el mercado internacional que sirva tanto para Francia como para los EE.UU. El estilo desmenuzado al máximo parece un estilo japonés, siendo sin embargo la mezcla de las fórmulas cosméticas de las grandes casas francesas, con algo de americano e italiano.”
Finalmente, Lizardi completa su análisis opinando sobre la mujer argentina, verdadero crisol de razas, y ofreciendo su propuesta de un estilo nacional en maquillaje: Sumando todos esos antecedentes no puede tener una tendencia norteamericana, porque no tiene nada que ver con lo sajón ni con lo anglosajón; ni como la francesa, porque carece de su afectación.
“La Argentina es Sudamérica, país muy joven, sin tendencias; entonces, ¿por qué no crear una tendencia con yuxtaposición de tendencias de otros países, pero respondiendo a las necesidades de la vida permanente de la mujer argentina? Ella es activa, versátil, dinámica y está en crisis personal, afectiva y económica, por lo tanto, su maquillaje tendría que tomar el dinamismo de los Estados Unidos, la afectación refinada de Francia, algo del natural refinamiento sensual y auténtico de la italiana y, por qué no, tomar alguna “non sancta” voluptuosidad de la española.
“La base de una propuesta de maquillaje con identidad nacional tendría que sumar a la conjugación de las tendencias de los distintos países citados un toque característico de nuestra tierra. Yo, particularmente, desde el año 1980 estoy trabajando en un 80% de los maquillajes con los naranjas y los cobres, y he descubierto que el naranja sumado a cualquier color para párpados, incluso los inarmónicos, da mayor soltura y vuelo.
En la Argentina el verde, el marrón, los terrosos, el brique y los naranjas le vienen bien a la mujer del interior, porque concuerdan con su ambiente físico, y a la mujer de Buenos Aires porque vive en una ciudad llamada alienada y grande, color gris y sin espacios verdes, por eso mama los colores del país, de la pampa, de la sierra, de las montañas; o sea, yo creo que reeditar esos colores en su cara es un poco volver a ser argentina.