Características de la moda argentina

¿Es la comodidad un rasgo típicamente argentino? Ya en 1824 Woodbine Parish decía: “Su principal y más próximo defecto es la costumbre (heredada de sus abuelos españoles y confirmada por ese sistema colonial que sofocaba en su origen toda energía y todo adelanto) de decir: mañana, mañana, como respuesta común a todo asunto, desde los más triviales hasta los más importantes. Aunque en general se nota el aire de independencia de las gentes”. Si bien la inseguridad es una característica social argentina, adquiere actualmente en la mujer una mayor relevancia que en el hombre porque a las características antes señaladas que actuaron como condicionantes tradicionales se les debe agregar los desajustes que provocan en ella los acelerados cambios que ocurren en su interior y en las circunstancias que la rodean, impulsando continuas reubicaciones de su papel en la sociedad. Otro de los importantes temores que también actúan como freno de la búsqueda de conocimiento personal es enfrentarse a la verdadera capacidad. Al decidir sobre la propia existencia, surgen y se multiplican las oportunidades vitales. No es lo mismo conocer y saber las propias limitaciones que pensar que cada uno, en una óptima situación, “podría llegar a”, con lo que se consigue poner fuera de sí la responsabilidad de la propia vida. Es un poco: “Son los demás los que no me permiten desarrollarme”.

Nada pesa tanto en la mujer argentina ni los condicionantes de la sociedad que la impulsan al uniforme, ni la imposición por parte de los industriales de determinada ropa, ni la necesidad de los hombres, también inseguros, de tener a su lado una mujer que no desentone en el conjunto como la auténtica y profunda convicción de que actuando de esa manera dependiente obtiene beneficios sin demasiado esfuerzo. A tal punto están convencidas de los beneficios marginales que obtienen siguiendo los transitados esquemas que teniendo a su cargo la educación de las nuevas generaciones como madres y educadoras repiten los habituales enfoques. Ella misma sabotea su propia independencia por temor a pérdidas de prestigio, de comodidad, de integración al grupo, de la creencia de no saber encauzar ordenadamente las fuerzas internas que se desatarían con la independencia y la libertad interior. Llegado a este punto, las fuerzas que antes se malgastaban en la copia, en los conflictos, en las lamentaciones, comienzan a emplearse en la elección de metas y en su cumplimiento.

Perspectivas masculinas

Las actitudes masculinas representan en la Argentina una verdadera traba para la mujer. La profunda inseguridad que muestran tanto los hombres como las mujeres argentinos -consecuencia de vivir en una sociedad con un marco histórico, económico, social y político que la alimenta- es tal vez una de las causantes más directas de las actitudes de dependencia femenina y de intolerancia masculina. Ambas actitudes están avaladas por una general situación de comodidad y de desconfianza en los comportamientos ajenos. Si reunimos las declaraciones de las diseñadoras actuales nos enteramos de que: “Las mujeres dependen de si al marido o novio les gusta lo que eligen, si no lo aceptan, lo devuelven”. A la mujer, de acuerdo con su comodidad, le conviene pensar que son los demás los que traban su búsqueda personal, en especial al pensar que, si no fuera por el hombre que tiene al lado, ella alcanzaría las metas, por lo tanto, conserva astutamente esa situación, manejando al hombre a su antojo. Tuvo ese comportamiento en la época de la Colonia y lo tiene actualmente, cuando gran parte de la educación de las nuevas generaciones pasa por sus manos y ella, persiste en sus esquemas.

Esta característica típica de las porteñas, aunque es un manejo encubierto ya que el ideal social empujaba a remitirse en todo momento a las opiniones masculinas, no era compartida para nada en España, donde Benito Hortelano afirmaba, enfatizando diferencias: “En Buenos Aires, es bien sabido que las mujeres manejan a los hombres”. En una nota editorial del periódico Correo del Domingo titulada “La Semana”, el 8 de octubre del año 1885, se comentaban las últimas noticias de Chile, que indicaban que la prensa empezaba a reclamar “para las bellas chilenas el precioso derecho electoral”. Esto ocurría 26 años antes de que en la Argentina la doctora Lanteri pidiera el derecho de votar para las mujeres y la entrega de la libreta cívica, primera expresión del movimiento feminista en nuestro país.

Mientras las chilenas exigían su voto, en Buenos Aires en la misma nota editorial, una mujer opinaba: “; Aquí somos las mujeres atrasadas por culpa de los hombres! Ahora han dado en temar que nuestros vestidos de cola no deben usarse en la calle, pues dicen que esto no lo usan en Francia las buenas familias, que no es de moda sino aquí, que barremos la calle; que echamos a perder trajes de precio; que somos despilfarradoras; que cargamos mucho lujo a todas horas, en la casa y en la calle; que nuestros preciosos y artísticos peinados de enredaderas son absurdos, en fin, que todo lo que hacemos para probar nuestro progreso, por parecerles bellas y elegantes a ellos mismos primero y después a nosotras mismas.